Entendemos que escribir es un acto pecaminoso.
-Augusto Monterroso-
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lunes, 2 de marzo de 2009

Zapatazos en el alma

Si no se rompe, ¿cómo logrará abrirse mi corazón?
—Gibrán Jalil Gibrán—

When the dog bites,
When the bee stings,
When I am feeling sad,
I simply remember my favorite things
And then I don’t feel so bad.
—Oscar Hammerstein II («My favorite things», The Sound of Music)—

y el sol es una lágrima en un ojo
que no sabe llorar.
—Joaquín Sabina (de «Dos horas después» en Alivio de luto)—

1.

[120 horas después de la noticia, hemos recibido esta carta de tu amiga. Esperamos que puedas contestarle, aunque las respuestas de nuestro sistema no registran opciones para casos como el que aquí se nos presenta]:

Querida Tisbea:

Estoy teniendo días (horas, minutos) difíciles como no recuerdo haber tenido otros. Me quedo ratos largos frente al ordenador, con la mente completamente en blanco. A veces, ese vacío se fractura por la fuerza de un dolor en el centro del cuerpo —un lugar indefinido entre el estómago y el corazón— que me hace sentir náuseas. He perdido completamente el rumbo porque nada parece tener sentido. Nunca me he sentido tan oscura. Es como si estuviera naciendo de mí misma, con sufrimiento intenso. Me cuesta hablar, no quiero ver a nadie. ¿A dónde me llevan días como éstos?

Fdo.
La muñeca de papel

2.

[Tisbea, tu amiga de papel nos ha enviado este mensaje para ti. Llega exactamente al cumplirse 108 horas de haber sido recibida una noticia importante]:

Querida Tisbea:

Hoy me siento bastante más tranquila aunque el proceso ha sido violento. Y creo que utilizo la palabra «violento» con bastante precisión dada la manera en que estas experiencias fuerzan sobre nosotros una visión de mundo completamente distinta. El sábado, un amigo me pidió que intentara describirle cómo me sentía. «En la fragua», le contesté. Y lo que quise decir es que he recuperado la conciencia de lo paradójicamente positivo que viene implícito en este tipo de golpes: duelen, arrancan, pero también, si los dejamos cincelarnos, nos hacen seres más hermosos o más fuertes o ambas cosas. ¿Crees tú que será así para mí?
Yo sólo pido de mis propias fuerzas el seguir permaneciendo a la altura, el no caer en la abulia, el no desencajarme.

No sabes cuánto agradezco sentir que estás cerca. No puedo pasar a verte porque sigo necesitando mi retiro.

Tu muñeca de papel

3.

[Tisbea, estamos preocupados porque nuestros registros no reconocen la palabra «vacío». Este tipo de nociones no estaban contempladas en el experimento. ¿Puedes tú entender de qué está hablando tu amiga? En caso positivo, te pedimos contactes cuanto antes con nosotros. No queremos perder al segundo miembro de este estudio, dado que el tema titulado «el otro dentro del uno / la otredad / la identidad» nos sigue interesando tanto]:

Querida Tisbea:

He bebido tus palabras con sed. Habría querido quedarme hasta el final de la lectura de poesía, pero me sentía tan fuera de lugar y tan falta de aire que tuve que salir del auditorio. Ayer, a las tres de la tarde hora colombiana (nueve de la noche aquí), su cuerpo sería puesto en el interior de un horno crematorio. (En su cuerpo iban sus hermosas manos blancas con sus dedos tan largos). Quise empezar a acompañar el rito desde aquí y caminé mucho. A las nueve en punto me senté en una banca de un parque para imaginar la despedida. En ese momento tuve calma. Luego, me encontré con amigos que me acompañaron a cenar. Uno de ellos es bastante gracioso y no sé por qué razón encontré fuerza para reírme con sus chistes. Pero llegar a casa, por la noche, fue como volver a entrar en un recinto lleno de espinas. Esta mañana me ha costado un gran esfuerzo levantarme de la cama y me enfada sentirme tan débil. El vacío es un lugar que arde. Todo me resulta irreal excepto la certeza de estar abriendo los ojos a la terrible presencia del absurdo. Estoy rota. Pero he recordado esta frase de Gibrán Jalil Gibrán que sólo ahora, tantos años después de su lectura, puedo decir que comprendo: «Si no se rompe, ¿cómo logrará abrirse mi corazón?».

4.

[Tisbea, estas palabras han llegado a tu buzón bajo el título «urgente». Creemos que puede ser importante. Necesitamos que encuentres a Cataluna —que abraces a Cataluna— cuanto antes]:

Salamanca, jueves 26 de febrero de 2009.

Querida Tisbea:

Anoche me llamaron, desde donde el mar se termina, para darme la noticia de que un hombre muy cercano y muy querido acababa de morir. Lloré, pero mi dolor está más allá. Como si hubieran clavado en el centro de mi pecho un enorme y redondo abismo negro. Me siento lejos de todo. Me duele todo el cuerpo.

Catalina


(Para ti, in memóriam).

CGG-H
(Salamanca, 2-03-09)

sábado, 17 de enero de 2009

Tú y yo: nuestros castillos en el polvo


(Tisbea recomienda el siguiente enlace:

And every morning, I awake towards the edge.
—Björk («Hyperballad»)—

¡Oye mi sangre rota en los violines!

—Federico García Lorca—

vuelve del olvido
engánchate a la oferta y la demanda
—Joaquín Sabina (de «Lázaro» en Enemigos íntimos)—


Lleva toda la noche despierta, bajen inmediatamente y averigüen qué es lo que le pasa. No sé qué vamos a hacer, el personaje se está tomando demasiadas libertades y así no hay cámara que la resista. Sí, ahora pasa las noches despierta explorando los rincones de su habitación, recogiendo todas las hojas que se tienden en el otoño de su apagado cubículo.

Ellos. —Tisbea, ¿se puede saber qué estás haciendo debajo de la cama?
Tisbea. —Estoy buscando. Se me perdió una niña que no deja de llamarme. Debe estar debajo de alguna de las motas de polvo.
Ellos. —¿Cómo que debajo de las motas de polvo? Es una tarea infinita.
Tisbea. —Tengo que encontrar a la niña porque se está ahogando. Quiero llevarla de paseo por el río, así se le olvidará que tiene el corazón encharcado de silencio.

¿Qué ha dicho? Algo sobre una niña encharcada. Déjala, ya le dará sueño y se acostará a dormir. La factura de la luz nos costará una fortuna. Habrá que aumentar el presupuesto de costos adicionales. Luz encendida y calefacción encendida, con esto no habíamos contado.

La encontré. Encontré a la niña, señores, la encontré con un papelito entre las manos porque las burbujas me informaron de su paradero. ¿Quién eres? ¿Por qué no quieres hablarme? Está bien, no me digas nada, vienes empapada en un líquido viscoso, como recién nacida. Dime ¿acabas de nacer? Voy a leer el papel que traes. A mí me pusieron ellos aquí para ver cómo crezco, es un experimento. A ti, ¿quién te puso? ¿Tienes la lengua de papel y por eso no me hablas?, sólo hablan las letras de tu papel, leamos:

«Dejó de estar en el silencio como la nieve en el marco de una flor recién nacida.

Esperaba morir de luz, pero la espera era larga como la caída de una miel que sólo puede recordarse porque hace tiempo que no regresa a la boca (la miel que me dejaste en el borde de una lengua cansada de decir adiós, miel apenas derramada en las papilas, miel diluida en el borde de los labios mudos).

Todas las cosas llegaron a volverse estrepitosas, los pájaros en caída libre señalaban la hora de las no resurrecciones, el camino hacia Fénix había sido borrado.

¿Qué sería de mí en el destierro de tus brazos?

Caminaba. Caminaba hasta que las heridas de los pies la devolvían a la rutina de los saludos sin sustancia, caminaba hasta que el sol volvía a empezar por el oriente y se arropaba bajo el piélago occidente, sólo caminaba, y en el sueño nada de lo soñado le devolvía la miel.

Había perdido su rastro, su patria (¿Puedo arraigar en tu espalda? ¿Puedo mecerme en tus ojos?).

Las brújulas habían fracasado en su escueta misión de anunciarle los finales oportunos. ¿Y qué sería de ella sumergida en la oscuridad de un silencio vertiginoso como la velocidad de los cometas?

Los rincones callaban sus susurros de polvo, mientras que sólo las burbujas de una respiración con sordina indicaban el lugar donde los salvavidas deberían empezar a rastrear.

Tal vez su cuerpo, lavado ya de la tristeza, empezaría a flotar sobre los charcos y vestiría las flores de una resistencia desconocida, como esa terquedad de luna fría y acechante que se le dibujaba en el mapa de las líneas de la mano».

[Tisbea ha terminado de leer, suelta el papel sobre su regazo, toma las manos de la niña que parece una recién nacida y le pregunta, de nuevo]:

Tisbea. —¿Cómo te llamas?
La muñeca de papel. —Catalina
Tisbea. —Te llamas como la luna
La muñeca de papel. —¿Como la luna?
Tisbea. —Hay una canción: «al sol le llaman Lorenzo y a la luna Catalina», algo así. ¿Quieres ir a dar un paseo por el río?
La muñeca de papel. —¿Podemos quedarnos escuchando música?, me duelen los pies. ¿Puedo dormir un poco?, llevo mucho tiempo despierta.
Tisbea. —Está bien, pero luego vamos a donde yo diga porque yo llegué al experimento antes que tú. ¿De acuerdo?

[Y Tisbea empieza a caminar dando saltos de hormiga por la piel de Catalina, y le canta canciones de cuna hasta que Catalina se queda dormida y, luego, con mucho sigilo, Tisbea saca su bisturí, hace un corte limpio entre la tercera y la cuarta costillas del costado izquierdo de la muñeca de papel (de Catalina), encuentra el sendero de la aorta y por allí se introduce para empezar a anidar en el corazón de la luna. O para cambiarle la lengua de papel por lengua de saliva. O para guardarla del barro de los charcos y seguir protegiéndola del frío.

Tisbea. —Duerme, Cataluna, mientras arreglo estas grietas que he encontrado en tu mecanismo de bombeo de sangre. Ya veo por qué te estabas ahogando, tenemos trabajo por hacer: traeré los lápices y las herramientas.
Catalina. —Soy una muñeca que regala besos.
Tisbea. —Pues tendremos que subirlos de precio, ¿no te parece?


CGG-H
(Salamanca, 17-01-09)

jueves, 8 de enero de 2009

Radiografía del hielo


(Tisbea recomienda el siguiente enlace:


Por caminos de espinas, he llegado
al páramo invisible.

-
Antonio Gamoneda-

Alumbraron el amanecer muertos de frío.
Se arroparon con la sensatez del desvarío

-
Joaquín Sabina (de «Pájaros de Portugal» en Alivio de luto)-

Dame la mano para entrar en la nieve.
-Antonio Gamoneda (de Libro del frío)-


Se levantó de la mesa y se puso a temblar. Sacó el cuerpo de entre sus papeles y se puso a temblar. Eso es lo que nos ha dicho la cámara oculta, señores, estamos viendo a Tisbea sin ser vistos, la seguimos, la cuidamos, de otra manera no habríamos llegado a tiempo. ¿Presión sanguínea? 90-40 y bajando, latidos inaudibles, palidez, sigue temblando. Por encima de todo, manténganla despierta, háganla hablar, mandaremos refuerzos en seguida, se desmaya, despiértenla, que diga algo, Tisbea, escucha Tisbea, ¿Qué ha pasado?

Tisbea. —Tengo la casa llena de tiritas de frío.
Uno de ellos. —¿Qué dice?
Otro de ellos. —Algo sobre las tiritas. ¿Te has cortado Tisbea? ¿Te duele algo?
Tisbea. —Tengo la casa llena de tiritas de frío. Tengo la casa llena, ¿soy yo quien sostiene las agujas de hielo?

Detengan el temblor, háganlo cuanto antes. Tisbea, ¿me escuchas? Sí, soy la cerillera. Tengo frío. Es el último fósforo. ¡No!

Se ha caído. Está fuera de cámara. Funde a negro.

Tisbea. — ¿Recuerdas a Florentino Ariza?

[Identificaremos con el nombre genérico X a ese alguien que la acompaña y le habla, sentado en el borde de la cama. No tenemos noticia de cómo ha entrado este personaje y los aparatos de medición térmica no detectan temperatura en él. Hemos pensado que, tal vez, quien la acompaña no sea más que un holograma de su sueño. Hemos descubierto en Tisbea la capacidad de corporeizar sus espejismos y en este momento habla con uno de los habitantes de su agitado universo mental e involuntario. ¿Recuerdas a Florentino Ariza?]

X. —No.
Tisbea. —Ese señor de sombrero al que encontramos un día en Bogotá, ¿no lo recuerdas? El mismo día en que me dijiste que no entendías cómo los desplazados de una guerra larguísima, refugiados en esa ciudad, podían sobrevivir a las noches de frío sin tener dónde abrigarse.

[El archivo de nuestras grabaciones contiene una conversación como la que Tisbea recuerda, sostenida con su padre cuando ella era una niña. Padre e hija caminaban como peces: buceaban una lluvia finísima en el enorme acuario de una ciudad sobre montañas].

Tisbea. —¿No lo recuerdas?
X. —¿Por qué debería recordarlo?
Tisbea. —Florentino sólo estuvo un día en la ciudad, después se marchó para no volver jamás porque no le gustó el frío.
X. —Igual que tú.
Tisbea. —Depende.
X. —¿Qué depende?
Tisbea. —Yo no me marché. A mí me gusta el frío cuando no me da frío.
X. —¿Eso que quiere decir?
Tisbea. —Fácil. A mí me gusta el frío cuando la gente espera a su papá Noel en su casa templada y enciende la televisión para ver a las personas que esquían en la nieve.
X. —Ya.
Tisbea. —A mí no me gusta el frío cuando los niños aspiran pegamento para olvidarse de que tienen frío y el frío, de todas maneras, se los lleva. ¿Podemos arroparlos con papel periódico?

¿Cuánto tiempo lleva tiritando? Cuarenta y cinco minutos. Presión arterial controlada. Habla dormida, parece que se encuentra mejor.

Tisbea. —¡Florentino!: a mí me gusta la nieve. Soy una niña y estoy en tus brazos, papá, me gusta la nieve.
X. —¿La nieve?
Tisbea. —¿No la has visto? Es agua seca.
X. —Ya.
Tisbea. —No te engaño, es agua seca, por eso cruje. Es blanca y acolchada, como los osos polares. ¿Podemos arroparlos con papel periódico?

La tenemos de vuelta. ¿Ya no tiritas? Mi nombre es Tisbea manos de carámbano. Apaguemos el frío, señores. Que empiece una nueva escena. ¿Puedo volver a sacar el cuerpo de entre mis papeles, sin que el día se me arrugue de escarcha? Acción. Escena segunda.

Se levantó de la mesa y se puso a temblar…

Esto es serio, lectores: a treinta y siete grados centígrados por mano, enciendan algo de calor humano para rodearla. En caso contrario, podríamos perderla. Como a la cerillera. ¿Alguien recuerda ese cuento de Andersen?

CGG-H
(Salamanca, 8-01-09)

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